lunes, 9 de enero de 2017

HISTORIA TALIYAH







Ese poder que tienes está hecho para destruir. ¿No quieres utilizarlo? Perfecto. Pues que te hunda como una piedra.
Estas palabras del capitán noxiano fueron las últimas que oyó Taliyah antes de hundirse bajo las saladas aguas. Aún la atormentaban. Habían pasado cuatro días desde su llegada a la playa donde había escapado. Al principio corrió y luego, cuando dejó de oír los crujidos de los huesos de los granjeros jonios y las voces de los soldados noxianos, siguió caminando. Se alejó por la falda de las montañas, sin atreverse a volver la mirada hacia la carnicería que había dejado atrás. La nevada había comenzado dos días antes. O puede que tres, ya no lo recordaba. Aquella mañana, al pasar por delante de un santuario vacío, se había levantado una brisa desapacible en el valle. En ese momento cobró mayor fuerza y separó las nubes para mostrar un cielo tan claro y azul que Taliyah sintió que volvía a ahogarse. Conocía aquel cielo. Lo había visto mil veces de niña, sobre las arenas. Pero no estaba en Shurima. Aquí el viento no era su aliado.
Se rodeó el cuerpo con los brazos, tratando de rememorar la calidez de su hogar. El sobretodo mantenía la nieve a raya, pero no el frío. La invisible soledad se ensortijaba a su alrededor y se le metía hasta el tuétano de los huesos. El recuerdo de sus seres queridos, a medio mundo de distancia, hizo que cayera de rodillas.
Enterró las manos en los bolsillos y jugueteó con las suaves piedras que llevaba allí para arrancarles un poco de calor.
—Tengo hambre. Eso es todo —dijo sin un destinatario concreto—. Una liebre. Un ave. Gran Tejedora, me contentaría hasta con un ratón, si apareciese.
Y como en respuesta a estas palabras, a varios pasos de distancia se escuchó un suave crujido sobre la nieve. El responsable, una bolita de pelo no más grande que sus dos puños juntos, asomó la cabeza por la entrada de su madriguera.
—Gracias —susurró Taliyah con un castañeteo de dientes—. Gracias. Gracias.
El animal le dirigió una mirada inquisitiva mientras ella sacaba una de las piedras de su bolsillo y la colocaba en la bolsa de la honda. No estaba acostumbrada a disparar de rodillas, pero si la Gran Tejedora le había hecho aquel regalo, no pensaba desperdiciarlo.
Bajo la atenta mirada del animalillo, empezó a dar vueltas a la honda, ya con la piedra en su sitio. El frío le atenazaba el cuerpo y le impedía mover el brazo con soltura. Cuando alcanzó velocidad suficiente, soltó la piedra. Por desgracia para ella, al mismo tiempo se le escapó un estornudo.
El proyectil voló sobre la nieve en dirección a su cena... y le pasó rozando. Taliyah se echó hacia atrás y dejó escapar todo el peso de su frustración en un grito gutural cuyo eco resonó en el silencio. Respiró profundamente varias veces. El aire frío le aclaró la mente al tiempo que le quemaba la garganta.
—Si te pareces en algo a los conejos de las arenas, habrá muchos de tus hermanos cerca —dijo en dirección al agujero que había dejado el animal al escapar, embargada de nuevo por su desafiante optimismo.
Su mirada se apartó de la madriguera para dirigirse al valle, donde se movía algo. Siguió el trazado sinuoso de sus propias huellas a través de la nieve. Tras ellas, más allá de los esmirriados pinos, había un hombre en el santuario. Al verlo, el corazón le dio un vuelco. Estaba sentado, con la cabeza inclinada sobre el pecho y la oscura y despeinada melena agitada al viento. Parecía dormido, o sumido en la meditación. Exhaló un suspiro de alivio. Ninguno de los noxianos que conocía haría algo así. Recordó la textura áspera de la superficie del santuario, cuyas curvadas paredes había rozado con las manos al pasar.
Un fuerte crujido la arrancó de sus ensoñaciones. A su alrededor empezó a sonar un ruido atronador. Taliyah se preparó para un terremoto, pero no se produjo. El estruendo se transformó en un crujido sostenido y espantoso, un chirrido de nieve compactada y piedra. Taliyah se volvió hacia la montaña y vio que una muralla de color blanco se precipitaba sobre ella.



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